textura de suelo

El futuro de la agricultura está en manos del suelo, y tenemos obligación de conocer todas las técnicas para su conservación. 

La agricultura intensiva junto con el empeoramiento de la calidad del agua constituyen un problema para la conservación de la biodiversidad del suelo. 

Por ello, hemos querido reunir las principales técnicas para mantener un suelo con la máxima fertilidad y aprender a identificar los posibles problemas a los que tendremos que enfrentarnos. 

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El suelo como ente vivo

El suelo es el elemento creador de vida por excelencia y su manejo condiciona el éxito o el fracaso del huerto o jardín. Es importante saber que es el elemento más susceptible de verse influenciado y modificado por el ser humano.

De aquí radica su importancia y no le quita prestigio saber que hoy en día se pueden desarrollar ciertos cultivos sin la presencia de él (cultivos hidropónicos puros).

Es tan complejo porque en él hay un equilibrio entre la fauna (microorganismos, gusanos, topos, ratones, etc.) y la flora (todas las plantas que conocemos) y, sin embargo, dicho equilibrio es muy fácil de romper.

El suelo es una roca gigantesca que con el paso de cientos y miles de año se ha ido erosionando por efecto de la naturaleza hasta convertirse en agregados de polvo.

Dicha disgregación mecánica de las rocas ha proporcionado un elemento de vida para plantas y animales, y en todo este proceso de formación del suelo tal y como lo conocemos a día de hoy le ha permitido guardar unas características propias de cada zona.

En cuanto esto, podemos clasificar el suelo según su composición y su estructura.

La grava y las piedras que nos encontramos en el jardín son agregados que aún no se han desintegrado y tienen tamaños superiores a los 2 milímetros.

  • El suelo arenoso es aquel que en su mayoría tiene partículas que están entre 0,05 y 2 milímetros.
  • El limo, el suelo típicamente agrícola, tiene un tamaño menor, entre 0,002 y 0,05 milímetros.
  • El suelo arcilloso, por último, es el que tiene el menor tamaño de partículas, teniendo éstas un tamaño inferior a los 0,002 milímetros.

Sin embargo, en un suelo común no nos vamos a encontrar una sola composición, si no que habrá una mezcla de todas estas, de forma que el mayor porcentaje de uno de estas tres texturas definirá el suelo que tenemos.

Por eso, a lo largo de este libro se mencionarán las texturas y su repercusión con respecto al drenaje y la capacidad de retención de humedad.

Parece lógico pensar que cuanto mayor sean las partículas, mayor espacio habrá entre ellas para permitir que el agua fluya, condicionando la forma en la que el agua se filtra y es absorbida por las plantas.

Un suelo arenoso tendrá un drenaje destacable, mientras que un suelo arcilloso retendrá con excesiva intensidad el agua en él.

Factores que determinan la calidad de un suelo agrícola

La textura del suelo no determinada todo su potencial en cuanto a producción y desarrollo vegetal

En él hay muchísimas más características que condicionan el resultado productivo de los cultivos que sostiene.

  • Porcentaje en materia orgánica.
  • Acidez o alcalinidad (pH).
  • Textura del suelo (arenoso, limoso o arcilloso).
  • Profundidad de suelo.
  • Equilibrio entre oxígeno y agua.
  • Volumen de microorganismos.

En todos estos componentes, el hombre puede actuar para mejorarlos o empeorarlos.

Si bien algunos no se pueden controlar, son causa directa de la modificación de propiedades relacionadas.

Un caso concreto es que directamente nosotros no podemos aumentar el nivel de microorganismos que habitan en el suelo.

Sin embargo, se da por hecho que un suelo con pH cercano al neutro, con buen drenaje y con buen porcentaje en materia orgánica permitirá la vida de estos organismos, más que un suelo excesivamente ácido, con mal drenaje y nivel pobre en elementos minerales.

Con la presencia de estos microorganismos, la fijación de nitrógeno es mayor, por lo que consecuentemente la planta estará mejor alimentada, y si esto ocurre, sus raíces profundizarán más en el suelo, mejorando la textura de él y aumentando la porosidad.

Como se puede comprobar, todas las propiedades que existen en el suelo están unidas, y sólo la variación de una de ellas puede causar un desajuste en el resto. 

Cómo mejorar el suelo de tu huerto o jardín

El suelo no cumple los estándares de la energía, ya que sobre él pueden ocurrir las 3 suposiciones. Se puede crear, se puede transformar y, por supuesto, destruir.

Nuestro objetivo es el de transformar sus condiciones iniciales y mejorarlas paso a paso, en un proceso a corto y medio plazo, para obtener de él el máximo rendimiento.

Por eso, aprender a cómo mejorar el suelo de tu huerto o jardín es imprescindible para solucionar pequeños y grandes problemas que irán apareciendo con el transcurso de los años.

Problemas comunes de un suelo:

  • Salinidad o alta conductividad
  • Suelo erosionado y agrietado
  • Suelo con capa freática muy superficial
  • Suelo pedregoso
  • Rango de pH fuera de los estándares de calidad para un cultivo
  • Problemas con el drenaje

Aunque parezcan complicados, cada uno de estos problemas comunes en un suelo son solucionables en mayor o menor medida. En ciertos casos, nos llevará mucho tiempo y dinero, y en otros podremos notar una mejoría en cuestión de semanas.

Muy importante es valorar el concepto de fertilidad de un suelo. Para ello, aunque engloba muchos conceptos, lo más fácil de entender es el de la capacidad de intercambio catiónico.

Este término, también conocido como la capacidad de cambio, mide la capacidad de un suelo de almacenar e intercambiar nutrientes con las raíces de las plantas.

Por supuesto, esto supone una importante ventaja para la nutrición de un cultivo, de forma que cuanto más alto sea dicho valor, mayor fertilidad tendrá un suelo y mejor comportamiento tendrá el desarrollo y la nutrición del cultivo.